CONCURSO CAFÉ COMPÁS: UNA ALUMNA ENTRE LAS FINALISTAS
El trabajo va dando frutos. Despues de un duro curso de propuestas y correcciones, los textos terminados cominezan a lucir fuera del taller. Es el caso del relato “Una tarde con Manuela” de Miriam Tardón del Río. Excelente relato, que será publicado además, para orgullo y disfrute de familiares, amigos y literatos, y por supuesto para alegría de la escritura. Todo un acontecimiento para un escritor que empieza a abrirse camino. Mis más sinceras felicitaciones, Miriam.
cartel café compás 2013.finalistas
Manolo Yagüe, Profesor de Escritura Creativa (TEC)
LO QUE IMPORTA ES QUE SEPAMOS EL UNO DE LA EXISTENCIA DEL OTRO
Le contaré algo. El otro día no podía dormir. Y me dije, haz caso al doctor. Ponte a hacer algo, distráete. Así que cogí una mopa y un trapo del polvo y me puse a limpiar el salón. A oscuras, intentando no hacer ruido para que no se despertara mi mujer.
¿Le ayudó distraerse?
Sí me hizo bien. Al principio quiero decir, porque luego pasó algo. Oí llegar un coche, y me asomé, procurando que no se me viera, a la ventana del salón. No era premeditado. Simplemente no quería que nadie se enterara de que ando despierto a esas horas. Era mi vecino. El cirujano. Paró el coche frente a la puerta, apagó las luces y se bajó. Rodeó el coche y abrió el maletero. Estaba de espaldas y al principio no vi lo que sacaba. Luego cuando avanzó con ese bulto enorme, me di cuenta. Llevaba un cuerpo envuelto en un saco negro, de esos que se utilizan para transportar cadáveres.
¿Cómo sabe que era un cuerpo y no otra cosa?
¿Qué como lo sé? Bueno, era como los de las películas. Como los que salen en la televisión. Tenía que ser un cuerpo. La forma. Las piernas y la cabeza colgaban a los lados. Y le costaba mucho transportar aquello.
¿Está seguro?
No, no lo sé. Pero estoy casi seguro. Tenía la forma de un cuerpo. Uno se da cuenta de esas cosas. El caso es que subió las escaleras de la entrada, dejó la bolsa en el piso y abrió con la llave. Luego, arrastró el cuerpo, quiero decir la bolsa hasta el interior, y cerró.
Y usted, ¿No llamó a la policía?
No, no llamé a la policía. Estaba limpiando el polvo. ¿Qué les iba a contar exactamente? A mí no me incumbe. Sabe, es un tipo raro, el cirujano. Muy delgado, y raro, no se habla con los vecinos. Hace años que no paga la comunidad. Mi mujer lo conoce del hospital donde trabaja. Trabajan en el mismo hospital. Allí tiene fama. Apenas lo dejan operar. Dicen que bebe, y por eso evitan que se meta en las operaciones complicadas, eso dicen. Bueno, mi mujer no trabaja con él. Es un hospital nuevo y muy grande. Lo ha visto de vez en cuando en la cafetería. Es igual, de todas formas, eso no tiene que ver.
Todo tiene que ver. Y, ¿qué dice su mujer?
No se lo he contado. Por quién me toma. No quiero parecer un loco.
No es un loco.
Eso lo dice para tranquilizarme. Pero si le contara esto a mi mujer, se podría hecha una furia. No creo que aguante otra historia de las mías. Vengo por ella. Ella me lo pidió. Es la condición que me puso para poder quedarme en casa. Me dijo, si no vas a terapia, ya te puedes ir largando. Y me comprometí a venir. Aunque no quería. No veo que avancemos mucho, si le soy sincero.
¿Por qué cree que no avanzamos?
No es culpa suya, entiéndame. Llevamos, qué, dos meses o tres viéndonos cada semana. Y, aunque todos creen que estoy mejor, porque me comporto como una persona normal, no estoy mejor. Eso se lleva dentro. He aprendido que es mejor disimular.
¿Disimula delante de su mujer?
Con ella más. Le digo que busco trabajo. Hago todas las tareas de la casa. Preparo la comida. Salimos. El sábado salimos a bailar. Aunque no bebo, no se asuste. He vuelto a ponerme el disfraz. Delante de mis padres también. Comienzan a hacerse mayores. Y como usted me dijo, ya tengo que dejar de darles problemas. Así que, cuando hablo con ellos por teléfono, hablo como una persona normal.
Es una persona normal. Solo que usted insiste en decir que no.
Es lo mismo doctor, no quiero discutir. Yo no discuto. ¿Para qué sirven las discusiones? En el trabajo me pasaba el día discutiendo. Así que llegaba a casa y seguía con las mismas. Discutíamos a todas horas. Cuanto más me esforzaba, más discutía con mi mujer. Y luego me dio por pensar que no era yo. Que yo era otro. Y que tenía que deshacerme de ese otro.
Fue cuando decidió quitarse la vida.
No fue un suicidio. Bueno, un intento de suicidio. Fue un intento de asesinato. El otro había tomado mi cuerpo. Ese hombre. No lo conocía. Sí, ya sé que era clavado a mí, la misma cara, la misma ropa, el mismo tono de voz. Pero ya le digo, se lo he dicho tantas veces que me estoy cansando. ¿Oiga, es necesario repetirlo una y otra vez? Me cansa. Me aburre. No creo que sea culpa suya. Es su trabajo. Y estoy convencido de que, si por usted fuera, lo haría diferente. Pero le han enseñado a no dar su opinión. A mantener las distancias.
¿Cree que soy distante contigo?
Es una forma de hacer el trabajo. No creo que sea así siempre. Aunque tampoco se lo ve como un tipo precisamente natural. No se ofenda. Pero su mujer tiene que estar exasperada. Seguro que le pasa como a mí: ¿a que su mujer no soporta que usted no discuta? La mía se pone nerviosa. ¿A que su mujer es más feliz cuando discuten?
Oh, no lo creo. Pero sí, tiene razón, a veces le molesta mi actitud tan sosegada.
¡Lo que le decía! Tengo o no tengo razón.
Bueno…
Me gusta verlo actuar en la consulta, se le da bien, se muestra sereno, imperturbable. Ahora, en el momento de actuar me acuerdo de usted. Entonces, cuando llega a casa con ganas de pelea, me acuerdo de su manera de psicoanalizarme, y trato de imitarlo. Al principio ella se lo tragaba, se calmaba, yo la dejaba hablar, dejaba que soltase toda su mierda. Pero creo que ya no le hace gracia. Ella viene con ganas de pelea. Necesita pelear con alguien para calmar sus nervios. Los tiene todo el día a flor de piel. Se vuelve loca si no puede utilizarme como su vía de escape. Así de sencillo. Yo antes me ponía a discutir. Ahora no. Dejo que hable, que se desahogue, que me insulte si quiere. Que me pegue, si eso ayuda. Total, apenas puede hacerme daño. Y sabe una cosa bien buena. Cuanto más terrible soy con ella, y con los demás, menos aparece el otro.
¿Ha dejado de sentirlo?
No del todo. A veces se asoma. Pero ya no domina el cotarro. Si por él fuera volveríamos a las andadas. Al trabajo, a las peleas con mi mujer, a beber cada noche. Como ella, que sigue bebiendo. Pero claro, ella no importa, porque es normal. Es muy difícil que pueda matarlo. Si lograse desplazarlo completamente a un brazo o una pierna. Entonces me cortaría el brazo o la pierna y me desharía de él. Aunque no las tengo todas conmigo.
¿Toma las pastillas?
¿Qué quiere que le diga? Las tomo, las tomo. No sé sorprenda. Me ayudan. Nada más. Pero no volveré a ser el mismo de antes. No me voy a meter en la vida de mi vecino, el cirujano, por ejemplo. Ni de coña. Eso es lo que hacía antes. Ahora no. ¿Qué ha matado a alguien y quiere tenerlo guardado en la nevera? Pues, por mí, perfecto. No me atañe. Nada de los demás me atañe. Suelen estar equivocados. Unos más que otros.
No tenemos más tiempo.
Oiga, doctor. ¿Hasta dónde llega el secreto profesional?
¿Qué quiere decir?
Mi vecino. ¿No irá a contárselo a la policía? Sabe, es un buen hombre. Sólo que no es como los demás. Usted no puede contar nada de lo que hablamos durante la consulta, ¿no es así?
No exactamente. El secreto profesional tiene unos límites.
¡No le contará lo de mi vecino a la policía!
No cree que sería mejor que fuera usted mismo quien lo hiciera. Estoy seguro de que se quedaría más a gusto.
No le he contado todo.
¿Hay más?
¿Lo contará? ¿Se lo contará a la policía?
Creo que se lo ha inventado, de todas formas…
Bueno doctor. Tiene razón. A veces me da por inventarme cosas. El suicidio, por ejemplo.
El intento de suicidio. Eso no fue ninguna invención, pasó usted casi un mes en el hospital.
No hay diferencia. Una última cosa que quería contarle. Es sobre mi vecino. Ayer fui a verlo. Sentí que necesitaba apoyarlo. Tomamos una coca-cola en su jardín. Acababa de plantar unos arbustos nuevos. Por debajo había removido la tierra, y tenía el tamaño de un hombre. Sabe lo que le digo. Creo que lo enterró allí. Tomamos la coca-cola y charlamos de jardinería. Pasamos una tarde estupenda. Creo que en las dos horas que he estado con él no he hablado con tanta libertad en mi vida. Y él tampoco. Cuando terminamos, estábamos exultantes, como dos almas gemelas que se encuentran en un mundo hostil. Le prometí volver. Aunque estoy casi seguro de que no volveremos a vernos. No importa. Lo que importa es que sepamos el uno de la existencia del otro.
Tenemos que dejarlo. Por hoy ha sido suficiente.
Supongo que no se ha tragado una palabra de todo lo que le he dicho.
La verdad. Lo del vecino me ha parecido una patraña. Aunque por unos minutos pensé que sí. ¿Vive ese hombre realmente en su calle, es su vecino?
Eso sí. Y que la otra noche limpiaba el polvo porque no podía dormir, eso también es cierto. Lo otro…
Me lo imaginaba.
De todas formas, ya le digo, que da igual.
Manolo Yagüe
LA TIRANÍA DEL CULTO AL CUERPO: SUSIE ORBACH
Hace unas semanas dando una vuelta por la biblioteca pública de Segovia, me encontré en la sección de psicología con un libro titulado “La tiranía del culto al cuerpo” de Susie Orbach (título original “Bodies”).
La pregunta sobre la que gira el libro es: ¿cómo tener un cuerpo? Puede que vosotros penséis lo mismo que yo, pues el cuerpo nos es dado. Porque según Orbach ahora más que nunca vivimos bajo el paradigma de que el cuerpo no nace, sino que se hace. Por tanto, ella considera que es fundamental reaprender cómo habitarlo, es nuestro hogar, sin considerarlo un objeto y más bien como el resultado de la biología.
Otra de las ideas más importantes del libro es el “mito del hombre posmoderno”, hecho a sí mismo. En el mundo anglosajón el “selfmade man” tiene mucha preponderancia en la sociedad y en el mundo de los negocios, un claro ejemplo sería el fallecido Steve Jobs. Debo reconocer que nunca había considerado esto como algo negativo, pero la idea que Orbach desarrolla basándose en este mito y con respecto a nuestro cuerpo es muy sugerente.
Según la autora, constantemente nos vemos bomdardeados por imágenes, muchas de las cuales han sido manipuladas digitalmente. En lugar de considerar que son ellas las que presentan una imagen discordante, asumimos que es nuestro cuerpo el defectuoso y necesita de una transformación urgente. Nuestra apariencia se convierte en el foco de todo lo que va mal y nos embarcamos en un proceso doloroso en busca de la “perfectibilidad”. Y digo doloroso porque el susodicho proceso genera sufrimiento, nos convertimos en los peores jueces de nosotros mismos, hemos decidido de forma inconsciente participar en un proceso de mutilación y violencia.
Por tanto, nuestro cuerpo es algo que puede ser cambiado a nuestro gusto y antojo (aquí es dónde entraría en juego el anteriormente citado mito). Podemos crear una nueva corporalidad según nuestra idea mental de lo que deberíamos ser. No me gusta mi pelo, me compro uno nuevo. Mis dientes son demasiado pequeños, me pongo unos nuevos. Mi vientre curvado es horripilante a la vista, voy al gimnasio para que sea tan plano como una tabla.
Nos sometemos sin más a un mundo visual que no hemos creado. Esto es una de tantas perversiones de nuestra sociedad. Ahora ser hermoso es un imperativo, todos debemos encajar en unos cánones de belleza que, por otro lado, son limitados y restrictivos.
Y este asunto es muy preocupante porque, siendo una patología social, se vive y sufre de forma individual. Nos han arrebatado el placer y el gozo de tener un cuerpo. Reivindiquémoslo. Aceptemos y disfrutemos lo que tenemos, no anhelemos lo que no somos.
Por mi parte, yo me niego, nuevamente, a vivir así. Mi pequeña revolución es pasear por el mundo mi blancura pasada de moda, unos dientes grandes y torcidos, pelo corto y mi tendencia al “rechonchismo”.
María Yagüe.
CARVER: LUGARES COMUNES
“Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.”
Raymond Carver
DE LA COMPASIÓN: POR MARÍA YAGÜE
El tema de la compasión empezó a interesarme cuándo vivía en Irlanda, en aquel momento me hallaba enfrascada en terapia, preocupada por entender mi propio ser, por vivir en paz y plenitud, ¡casi nada!
Una de las cosas que más me ayudaron en los momentos en dónde el desaliento me podía, dónde nada tenía sentido para mí, sin razones obvias para ello, fue el poder de la palabra compasión. Como yo realizaba la terapia en inglés, la palabra que usaba como un mantra era compassion. La repetía o la escribía, siempre dirigida hacia mi propia persona, realizando una y mil veces un ejercicio de auto-compasión.
Lo curioso es que esta palabra tiene un rasgo peyorativo en español, siendo definida por la Real Academia como: “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. Por el contrario, por ejemplo, en inglés y francés compassion es algo positivo, siendo una virtud ser compasivo. Hay centros como “The Center for Compassion and Altruism Research” de la Universidad de Standord dónde se estudia desde un punto de vista científico y en el mundo anglosajón se realizan diferentes estudios en dónde se intenta medir su poder curativo.
Me niego a pensar que lo que yo hacía era un ejercicio de lástima y conmiseración, sino todo lo opuesto. La compasión debería ser revisada en nuestros diccionarios, considerándosela un acto de amor que nos permite ser capaces de sentir el dolor ajeno.
Y para mi regocijo personal he descubierto que dos pensadores como Jose Antonio Marina y otro de la talla humana e intelectual de Bertrand Russell, escribieron sobre este asunto mucho antes que yo. Marina, según sus propias palabras, escribe que “considerar a la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesta corrupción afectiva”. Russell por su parte la consideraba, ya en su vejez, como una de los motores que había movido su vida. Ya sé que esto no valida mi argumentación, por mucho premio Nobel que uno posea puede estar muy equivocado en muchas cosas, pero permitánme que lo disfrute como una pequeña victoria.
La próxima vez que tengan que obsequiar a alguien, incluidos ustedes mismos, ya saben, regalen compasión. No se agota, es gratis y no necesita del odioso papel de regalo.
María Yagüe

